Me mudo!

Ahora estoy aquiiii!

miércoles, noviembre 05, 2008

una triste historia entre la pequeña Susi y el brutote de su profesor

Y aunque la voz de su consciencia chillaba histérica en un rincón de su cabeza lo mal que le parecía ese asunto, él no podía evitar ponerse brutote al pensar en esa suave piel aterciopelada como si todos los rayos del sol de verano le esperaran en un cálido abrazo.
-Me habría encantado recibirte desnuda -dijo la dulce Susi al abrir la puerta-. Pero me avergoncé.
-Da igual, niña, ya habrá tiempo de que lo estés -musitó mientras se avalanzaba para besarla.
El electrificante contacto de sus labios también lo ponía brutote. Sabían a sudor, nervios y deseo, el deseo de lo vetado, supongo. Ella estaba de puntillas para poder abrazarlo, así que no fue complicado alzarla del suelo y entrar en la casa. Su mano se deslizó por debajo del vestido blanco, inmaculado, con ese aire de princesa del bosque tan inocente. Ese culo, soñaba con ese culo desde el curso pasado. Y por ese culo había abandonado la vida de profe de secundaria para cubrir una plaza de instituto. Ese dulce culo era pecativo. Y cómo se derretía entre sus dedos, suspirando contra su cuello, y sus pechos firmes y pequeños meciéndose al ritmo de su respiración.
-¿Vamos a mi cuarto? -dijo Susi con su voz más inocente.
Pero él la tiro al sofá y, con una rodilla en el suelo, la contempló unos instantes, su cara sorprendida, inocente y con esa dulzurar que sólo se encuentra a su edad. Ella abrió un poco las piernas, lo suficiente para dejarle ver qeu no llevaba braguitas.
-Te quiero -dijo Susi al percatarse del momento de silencio.
-Yo también te quiero -dijo. "Te quiero follar" añadió la voz perversa.
Primero acarició los delicados tobillos para poco a poco, eficientemente, ascender por esa pierna infinita, casi divina, hasta llegar a la suave piel de la cara interna de sus muslos, que le tentaban profundamente. Con una mano en la rodilla y la otra en la cadera, enterró la cara en su cálido sexo. Susi jugeteaba con los dedos entre su pelo, suspirando entrecortadamente, la punta de los dedos de su pie se apoyaba, sutil, en la entrepierna de su profesor. El orgasmo vino con un grito suspiroso y un escalofrío eléctrico. Casi tuvo que arrancárselo de entre las piernas, pero cuando estuvo libre, lo besó profundamente hasta tirarlo sobre el suelo.
-Quiero hacerte gritar -le susurró al oído.
Primero desabotonó la camisa, lamiendo cada centímetro de piel según la descubría. El profesor sentía su sexo húmedo y caliente a través del pantalón. Pcoo a poco se fue deslizando por su pierna derecha, hasta pelearse con el cierre del cinturón. Y al fin, mila años después, volvía a ver la luz, y la niña volvió a ser delicada y pilla, besándole el abdomen, para convertirse en la princesa del bosque de su púbis. Con una mano rozándole el escroto y los dulces labios de Susi a punto de vesarle, el brutote de su profesor tuvo que concentrase, sin conseguirlo, para no correrse. Pero eso a ella no le importó, sólo reclamó un espacio más cómodo para el siguiente.
-Seguro que no vendrá nadie, ¿verdad? -preguntó él al dejar la mochila a los pies de la cama.
-Seguro -dijo la dulce Susi mientras ponía música.
La segunda vez fue más divertido, y más larga, como agradecería a posteriori el profesor. Su piel desnuda bajo el solde de la tarde que se colaba por la ventana, la música de jazz, el aroma acre de la pasión. Y entonces, cuando del deseo ya sólo quedaba un tierno abrazo, oyeron los pasos en el pasillo y la convesación monocorde. Susi, asustada, le dijo con gestos que se metiera en el armario mientras se ponía el vestido de princesa del bosque. Aquello no lo ponía brutote, en contra le hacía añorar su vida fuera de prisión. Y aunque su consciencia se descojonaba del chiste malo, se escondió en el armario.
-Susana -gritó la monocorde voz de mujer-, abre la ventana, que la peste llega al pasillo.
La puerta se abrió y Susi suspiró echándole un vistazo de refilón al cuarto.
-¡Hola, mami! ¡Qué pronto han llegado!
-Pero, cariño, si estás toda acalorada. ¿Va todo bien?
-Sí, mami. Vamos fuera y saludo a papá.
Y cuando el profesaor ya se daba por salvado, la mamá de Susi reparó en la mochila negra, y aunque, como buena madre, en una rápida observación de la escena, comprendió qué pasaba, preguntó, por si acaso:
-¿Tienes a alguien aqui? -preguntó mientras abría la puerta del armario.

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