Me mudo!

Ahora estoy aquiiii!
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miércoles, junio 28, 2006

Galletas

Cruzaba el puente Serrador cuando se fijó en un viejito que le pidió con un gesto una papa frita a un muchacho que caminaba distraida. El chico ni se inmutó, siguió caminando ante la cara de tristeza del abuelín. Ella llevaba dentro del bolso un paquete de galletas a medias que había comprado para desayunar y sin mediar palabra, lo sacó y se lo dió con una sonrisa.


Galletas - Pon tu mente al sol
La Casa Azul

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lunes, junio 19, 2006

Zemos modelnos, el melodrama ha sido descartado de nuestra forma de vida.

((Aviso a paseantes: post rayante de imzel divagando sobre el sentido de la vida))

Quizás es una tontería, pero creo que es cierto, el melodrama está pasado de moda. O, lo más probable, es que yo he llegado a ser muy melodramática a lo largo de mi vida. El otro día tuve una conversación sobre ese tema, los post tristes y melancólicos te pueden ayudar a sacar lo que te hace daño, pero... ¿por qué permitir que te hagan daño? Aunque la opción de cerrarte e impedir que alguien entre en el jardín tampoco vale la pena, te pierdes las cosas buenas. Pero ya sabemos que "amor que del alma nace, al pie de la tumba muere" es una trola como una casa, el amor dura tres años, está claro. Si dura más, bienvenido sea, pero me gusta tener las cosas claras.
Y por qué, si detesto el melodrama, me mola tanto, tantísimo, meterme en follones? Al final me vuelven de un melodramática tremendo!
¿alguien se anima a explicarmelo?

viernes, mayo 26, 2006

Veinte de Octubre de 2004

"Oscuridad. Devolvedme la luz que necesito para vivir, me la robaron en una esquina de mi propia habitación cuando todos dormían. Me dejaron vacía y sin sentimientos, sin ganas de creer y la oscuridad ocupando todos los rincones de mi piel. Años tardé en entender lo que pasó y ahora por fin comienzo a superarlo. Pensé, bueno, no importa. Y entonces me desencanté, decidí no creer y hace tiempo que no confío en nada, ni siquiera en mi misma. Creo en ti, señora Oscuridad que llenas los rincones de mi alma y mi vida desde entonces. Quizás no es tan malo, me hace parecer más interesante ante la gente que conozco. Soy una fachada, una mentira, una máscara que a la gente le gusta. Y entonces me emparanoio en no ser yo. Quiero abrirme y dejarme de locuras, que la gente me conozca y gustarles por lo que soy. Eso es muy difícil."


Ya lo sé, melodramática a más no poder. ¡Lo siento! Pero lo encontré revisando viejos textos y hay detalles que me gustan.

martes, mayo 23, 2006

Un punto para el ego de Imzel

Los Comentarios de Cao sobre

Futuro Imperfecto del Subjuntivo
"Incidental, verosímil. Situaciones y lugares comunes. Notable ritmo, se nota oficio. Hay control certero y se piensa en el lector. Quizás me hubiese gustado seguir, saber qué es lo que vino luego o si eso pudo haber sido distinto...merecido galardón. Sigo leyendo, buen descubrimiento. Al final salí ganando."

Ella y él
"El coloquio es fluído. Este enfoque situacional describe magistralmente el rol del cronista. Del existencial, el eudemónico, de personajes que se ahogan en la corriente de la conciencia de cualquier mortal. Allí está el gran mérito, también desconstruir los arquetipos (es él el virgen) uuff, gracias por variar en eso. Felicitaciones, sigo leyendo."

Debería cambiar las sábanas
"La prosa es imantada, te pesca y no te suelta. Nuevamente nos encontramos con personajes y situaciones que nos circundan a los lectores. Momentos, fotografías de un momento. Me recuerda el existencialismo de kundera. La trama es absolutamente confiable y rompe el paradigma del diario de vida. Excelente, otra vez."

Piel contra piel
"Otra polaroid. Otro dibujo gatillante. Eres un gran descubrimiento, no por una parte, sino por el total. Adoro la buena prosa."

Catálogo de Colores
"Sí, otra vez. Son acuarelas en block pequeño. La prosa sigue pareja, pero el enfoque, ese enfoque de microcuento, en formato pequeño, pero con efectos tremendos, me recuerda al LSD. Notable otra vez."

Hoy me comí un dulce
"Ves?...imposible resistirse a la tentación. Este es un original del tipo diario de vida. Pero ya, está bien, lo contrario me resultaría sospechoso. La prosa, como siempre, contundente y llena de carácter. Saludos. Voy por más."

Estas cosas suben la moral... que voy a hacer, me encanta!

jueves, abril 20, 2006

Imzel es finalista!

Siempre he querido escribir, desde que vi mi nombre escrito a máquina en el periódico del colegio con 7 años. Incluso recuerdo haber planificado mi vida, sentada en el asiento trasero del coche de mi padre, como si fuera la reseña de un escritor famoso en la contraportada de sus libros. Luego me di cuenta de que me quedaba mucho por aprender, por pulir en mi estilo. Lo que no me di cuenta es que todavía tenía tiempo para pulirme, para seguir adelante. Fue mi primer bloqueo, me conformé. Y estuve bloqueada hasta que descubrí que el placer de escribir no tiene como meta obligatoria la publicación, lo importante es el viaje. Al desaparecer la presión por publicar, desapareció el bloqueo, ya no tengo que complacer a nadie, sólo a mi y no suelo ser una lectora complaciente: empecé a ver mis fallos y mis problemas, pero también los trucos para mejorar. Quizás la loca de la profesora de creación de la que hablé hace algún tiempo tenía razón y soy demasiado técnica, pero es la única forma para que no me chirríen los dientes cada vez que leo mis textos.
¿Y a qué viene todo esto? pregunta el astuto lector de El Jueves. Pues viene a que soy finalista en un concurso literario. Y desde que me desperté no he dejado de bailar! Voy a ser una autora publicada!!! (vale, sólo hay un premio, y no creo que me lo den a mi. Pero me van a publicar!)

Escuchando:
Años 80 de Los Planetas
The Guilty Party de Matt Eliott
Portugal de Family
Tu Esclavo de Chop Suey
Imposible de Ellos

P.D. Anoche soñé con la biblioteca. Se parecía más a la biblioteca de la Universidad Invisible que a la de la universidad, pero era una biblioteca ^^

lunes, abril 17, 2006

Futuro imperfecto del subjuntivo

Nuevo título y revisión


Habían quedado a las seis, claro, justo cuando él salía de trabajar. En la plaza de Toros. Como siempre, había llegado tarde, el reloj de la abuela marcaba las seis y diez. Se había puesto su conjunto preferido, ese que nunca fallaba, la falda marrón y la camisa escotada. Y las botas, por supuesto, estaría desnuda sin sus botas. Pero allí no había nadie. Mejor dicho, nadie se quedaba el tiempo suficiente para verle la cara. Borrones y manchas. En el quiosco de la esquina, compró una botella de agua y esperó. Se dedicó a investigar los desconchones causados por la humedad en las paredes de la plaza. Cuando se dio cuenta, ya se había acabado la botella. “No pasa nada” pensó mientra se alejaba sudando. La botella terminó convertida en un amasijo de plástico en el fondo de la papelera.
Y salió mal, pero podría haber sido distinto.

Desde allí no se veían los desconchones y tampoco había donde comprar tabaco. Sacó un trozo de papel y comprobó la hora. Soltó una espiración mientras guardaba la carta. Sí. En la plaza de Toros a las seis. Y ya eran las seis y cuarto. Entonces la vio, al otro lado de la plaza, bebiéndose el final de una botella de agua.
–¿Eres Elena? –preguntó cuando recuperó el aliento.
–¿Manuel?
–Ahá. Vamos a tomar algo.
–Sí. Conozco un sitio por aquí.
El camarero le dedicó un saludo con la cabeza y una sonrisa en cuanto la vio entrar, que Elena respondió con la mano.
–Yo quiero un vaso de vino –pidió Elena.
–Un Gin Tonic, por favor.
Con las copas delante parecía más fácil comenzar una conversación.
–Me dijiste que estabas divorciado, ¿no?
–Sí, desde hace tres meses.
–Vaya –dijo ella.
Mientras Joaquín Sabina ocupaba el espacio que la charla banal había dejado libre, Elena comenzó a revisar su bolso en busca de tabaco.
–A mi no me queda. Voy a comprar.
Cuando Manuel volvió, ella ya se había fumado la mitad de su cigarro.
–Eres informático ¿no?
–Sí. Hago páginas web.
–Ah, sí.
–¿Y tú?
–Tengo una pequeña tienda de ropa.
–Ah, sí. Es verdad.
Elena estaba jugueteando con el posavasos mientras el silencio se apoderaba de ellos, roto en algún momento por el móvil. Un mensaje. El mensaje de socorro.
–Oye –dijo Elena después de leerlo–. Tengo que irme. Acaban de ingresar a la madre de una amiga.
Y salió mal, pero podría haber sido distinto.

Acababa de apagar el cigarrillo cuando sonó el móvil. Manuel alargó el brazo hacia su vaso esperando a que ella terminara de leer, pero no se dio por aludida.
–¿No lo lees?
–Luego.
Manuel la miró a los ojos, sonriendo, mientras le acariciaba la mano con la punta de los dedos. Y a Elena eso le bastó.
–¿Nos vamos a otra parte?
El periquito ya chillaba en cuanto la puerta se abrió.
–Vamos, pasa.
El salón tenía un balcón, terreno privado del periquito, que daba sobre el parque, un sofá rojo con cojines blancos y algunas plantas.
–Siéntate. Voy a por algo de beber.
–Tienes una casa muy bonita.
–Gracias –dijo desde la cocina–. Me la dejaron mis padres cuando se fueron a vivir al pueblo.
En una mano llevaba una botella de vino blanco y en la otra dos copas.
–Brindemos.
–Por nosotros.
–Por todos nosotros.
Y salió bien, pero podría haber sido distinto.

miércoles, abril 12, 2006

Los que se atrevieron...

Para que no desaparezcan.

no es que no pueda quitar la vista de ti, es que ni siquiera puedo mirarte ya, no quiero quedarme con este ultimo recuerdo. una mirada asi no puede ensuciarse con un momento tan agrio.


Gravatar No pienses que mirar es ver, ni ver es pensar que me acabas de encontrar, pues sólo en lo más profundo de tu ser será donde me veas, y si tu no me ves, yo no pienso, luego, no existo.


Por eso además me inventé tu nombre, porque sería mas fácil recordarte. Tantas veces había perdido que no era capaz de creer que te había conseguido, que tu también me querías.



Saludos.


Quiero mirarate, memorizarte. Sentirte parte de mis pensamientos. Prefiero tenerte simpre dentro , bajo mi control, como una marioneta.

Asi nunca me podrás hacer daño-


Se me ha ocurrido algo que da cierta tristeza. Ocurre que desde hace tiempo tengo sueños improbables, ya no anhelo cosas imposibles, cosas que se que jamas ocurrirán. En vez de eso, sueño con cosas que serían perfectamente posibles si las cosas fueran distintas, si yo no fuera yo.

martes, febrero 21, 2006

Te atreves?

Idea para un cuento...

Me da miedo pensar que te acabo de encontrar y es la última vez que te voy a ver. Por eso no puedo quitar la vista de tí.

¿Te atreves a escribirlo por mí?

miércoles, diciembre 28, 2005

Imzel es demasiado técnica

El otro día encontré un panfletillo que anunciaba un curso de Relato Corto. Y con la experiencia de "Letra Hispánica" en Salamanca, decidí ir a preguntar. Otra cosa no, pero tengo un ego literario que tira pa'tras, cualquiera que me conozca, lo sabe. Pero me da igual, soy feliz con mi ego, me ha costado mucho tenerlo. Además, mi ego es delicioso, consigue que crea en lo que escribo, que lo soporte y que comprenda que en realidad me queda muchisimo por aprender. Después de llamar tres veces y que pasaran de mi, fui a la academia y me mostré como soy. Hablé con la profesora de lo que buscaba y me informé sobre los cursos que tienen en marcha. En último momento, le pedí acudir a una de sus clases, y me dijo que sí, que no le gustaba, pero que a mi me dejaría. Pero me mandó tarea para casa, tenía que escribir un relato sobre un órgano, una descripción. Y la hice, la tiene ahí, un par de post atrás, "piel contra piel", un texto pequeño que me costó plantear porque no podía concebir un cuento sólo sobre un órgano. Al día siguiente, en la clase, pude comprobar los métodos didácticos de la profesora. Aparte de un par de fallos puntuales, se notaba que el método funcionaba, el nivel global de los textos de los alumnos (único factor realmente importante) era bastante bueno. Aunque ella no me gustó, nada de nada. Le dejé mi cuento y me fui.
Al par de días me encontré con la profesora de paseo por La Laguna. Me dijo que me pasara por la academia. Y lo hice. Me encantó su comentario sobre mi texto. Poco menos me dijo que no valía de nada, ni el cuento ni yo. Que era mejor que abandonara lo que de verdad me gusta... O eso, o que me metiera en su curso, que era la única manera para lograr mejorar mi capacidad de escritura. Me dijo que soy demasiado técnica, muy fría, que no lograba transmitir el calor que en realidad tiene la escena que intento narrar. Adoro a los prepotentes que creen que por ver una pequeña muestra de tu trabajo son capaces de interpretar toda una vida, te da ganas de confiar en la especie humana (que rabia que no se note la ironía en el texto escrito).
Lo cierto es que me ha afectado más de lo que querría que me afectara, porque si no lo habría olvidado. Quizás es bueno que me alla afectado así, eso significa que puedo aprender de ello.
Pero... ¿es escribir un ejercicio conciente? o quizás la capacidad literaria se adquiere a través de la práctica y de la lectura. Corríganme si me equivoco, pero ¿cuando escribimos utilizamos los conocimientos adquiridos de forma intuitiva? ¿Servirán de algo las clases teóricas de escritura? o ¿quizás lo unico que funciona es leer hasta aburrirse?

jueves, diciembre 15, 2005

Piel contra piel

Otro cuentito más.

Piel de gallina. Todos los poros de su brazo reaccionando al unísono frente al aliento en su cuello. Frío. Dedos fríos sobre sus labios. Sus pezones erectos culminando unas tetas firmes y tersas dejándose tocar por unas manos ya no tan frías. Piel contra piel, contacto profunde del yo contra el otro. Con la punta de los dedos acariciando fragmentos de pieles prohibidas. Su glande. Pies enredándose. Besos de esquimal, nariz contra nariz entre sonrisas. El dorso de la mano recorriendo su mejilla, su palman entre las piernas velludas, sintiendo el calor de su amante. Su yo piel comunicándose con otro yo piel lleno de secretos que descubrir. Mimos. Mimándose hasta el placer sublime de la piel.

jueves, noviembre 24, 2005

Debería cambiar las sábanas

Venga, un cuentito...

Ayer no estaba, noté su ausencia en la esencia de su almohada al darme la vuelta intentando conciliar un sueño que se resistía. Dormir sin ella. Dormir sin ella es un delirio, noche en blanco y día maldito. Me lo dijo mil veces y yo sigo sin comprenderlo. Al final, se cansó y se largó dejando un vacío enorme en su lado de la cama. Olvidó las promesas: "Para siempre" cada vez dura menos tiempo. Se dejó el cepillo de dientes, lo ví al levantarme, quise tirarlo, pero me arrepentí, lo dejé en su cajón vacío. El pájaro estuvo chillando toda la mañana y las plantas parecían preocupantemente secas cuando salí de casa. Eran sus plantas y su pájaro. Mientras comía, el teléfono no dejaba de sonar y yo no dejé de mirar mi reflejo en el televisor apagado. Debajo del cojín encontré su mechero plateado, lo metí en su antiguo cajón, junto a mi maquinilla de afeitar. Antes de irme a trabajar, metí la jaula del pájaro muerto dentro de una enorme bolsa de basura, junto a los restos de las plantas. Me la encontré de camino, nos saludamos como viejos amigos y nos prometimos un café. Más palabras vacías. En el trabajo alguien pronunció su nombre y no pensé en ella. Al llenar la lavadora encontré su pañuelo verde, lo tiré a la basura sin mirarlo. Me metí en la cama jugeteando con las mantas y sentí su ausencia entre las sábanas. Lloré por última vez ese día.

miércoles, octubre 26, 2005

Ella y él

Ella: Ricardo, estoy borracha (y solo estamos a martes). Acabo de darme de bruces con tu foto y te he echado de menos.
Él: Yo también estoy borracho, tras haber cantado en un karaoke dos veces Bailar Pegados. ¿Bailas?
Ella: ¿Contigo? Toda la vida si hace falta
Él: Quizás toda una vida sea demasiado poco para ambos.
Ella: De repente mi cama se ha vuelto demasiado grande. Por cierto, he decidido que te seré fiel, no soportaría compartirte con otras.
Él: Lo cierto es que yo tampoco soportaría compartirte, pero lo aceptaría si lo deseases. Mi mayor miedo es defraudarte en la cama, creo que no estaré a la altura
Ella: Soy una maravillosa maestra... y siempre preferiré un post sublime a un intermedio salvaje
Él: ¿Y a un virgen?
Ella: Son más maleables, aprenden sin las corrupciones de los malos polvos
Él: Puede que los malos sean importantes para apreciar los buenos, pero me fío de mi maestra. Soy un 90% puro según el test de perversión, ¿me ayudas a llegar al 0%?
Ella: Aún estoy en 40%, te llevaré hasta donde puedas seguirme.

domingo, julio 24, 2005

Catálogo de colores

Estoy estancada, tengo algo grande entre manos, más grande de lo que estoy acostumbrada. Y ahora que he vuelto a coger la costumbre de escribir, no quiero perder la mano, me ha costado mucho volver a tenerla, demasiados años en el estancamiento creativo. Así que hago cosas como esta, no son nada del otro mundo, lo sé, pero es mejor esto que nada...

Llevábamos algún tiempo intentando cambiar el color de las paredes, pero no habíamos logrado ponernos de acuerdo con la pintura. Él había intentado convencerme de un insulso melocotón mientras yo tiraba hacia cualquier cosa que no entrara dentro de la definición “pastel”, ya casi estaba convencida por el PANTONE 2602 cv cuando me dijo lo que no esperaba oír.
–No quiero paredes de colores.
Ahora por fin teníamos nuestro propio espacio para compartir, con paredes para pintar y espacio que decorar, y va y resulta que a él no le gustan las paredes de colores, quería paredes blancas, como mi padre. Y entonces me di cuenta, esa barba, esa tripita cervecera, esas gafas… El complejo de Electra estaba en mí, me había enamorado de mi padre, pero me habían dicho que esas cosas no pasaban, que eran mitos.
Solté el catálogo de colores sobre la mesita negra que habíamos comprado juntos, cogí mis cosas y me fui.

martes, julio 19, 2005

Hoy me comí un dulce

Una bomba calórica, merengue sobre una base de brazo de gitano y una capa de chocolate, toda una maravilla de la ingeniería pastelera. De camino a casa, mientras disfrutaba de mis últimos momentos con mi dulce, encontré la cara familiar del día. Es un chico bastante guapo que conozco de la universidad, lo veía casi todos los días y me resulta lo suficientemente atractivo para quedarme con su cara, ojos verdes, barba y pelo lo suficientemente largo para que pase mis requisitos. Desde hace un par de días, lo encuentro por todas partes, en la guagua, por la calle, en la cafetería... y siempre nos quedamos mirándonos. Hoy me pilló comiéndome mi dulce, con cara de felicidad. La primera vez, él bajaba por la calle trasversal, desapareció en la esquina antes de que yo cruzara, luego otra vez, mientras él esperaba en el paso de peatones, yo pasé por detrás de él, nos miramos y yo sonreí con mi sonrisa cabrona, de "uy, que verguenza".
Ayer estuve con una amiga tomándonos un par de cervezas, ella una caña, yo una miller... con cacahuetes. Como siempre que nos juntamos, terminamos hablando de tíos, aunque somos polos opuestos, ella modosita y observadora, yo deslocada y poco atenta. Le conté una experiencia bonita que tuve una vez, donde fui yo la que dio el primer paso al hablar de lo que sentíamos. "Cada vez me sorprendes más" me dijo ella, le resultaba extraño que fuera tan lanzada.
Quien sabe, cualquier día de estos, me lanzo con este chico, le dijo: "sí, me conoces, me ves cada día en Guajara, pero, no, nunca hemos hablado", solo a ver que dice.

El intento de suicidio de Iris

A principios de primavera solíamos quedarnos en el aula, huyendo del sofocante calor que inundaba todo el patio. Hablábamos de las tonterías típicas que suponíamos importantes mientras esperábamos que sonara el timbre para recluirnos de nuevo en otra tediosa hora de soporífera clase de latín.
–¿Dónde estaba? –olí que preguntaba la voz absolutamente nasal Héctor –. Te he estado buscando por todas partes.
La idea que alguien se dedicara a buscarme me parecía un poco absurda, porque creía haber dejado claro desde el primer día que yo era una persona sedentaria como la que más. Su cara denotaba una sinceridad terrible.
–¿Te acuerdas de Iris?
Como para no acordarme, su novia–exnovia–cuasinovia–acosadora a la que habíamos estado fastidiando un par de días atrás, cuando no sé muy bien por qué vino de visita a mi casa y me contó que la tal Iris, estudiante del colegio pijo por excelencia de la ciudad, se había tomado muy a mal eso de que él quisiera romper la relación. Aquella tarde lo había llamado un par de veces y más por el juego que por hacerle daño, en una de esas contesté yo y le dije, “mira, tía, Héctor está en mi casa, él te llamará más luego”.
–Ayer te estuvo buscando para matarte.
No pude aguantar la carcajada al imaginarme a una pijita con un cuchillo de carnicero preguntando por Sibisse por las calles del barrio cual gata en celo. Aunque tampoco pude aguantar cierto terror ante la posibilidad de que en cualquier momento me saliera una loca en una esquina con intención de pegarme una paliza.
–Te lo estás inventando –solté al final.
–¡Qué no!
Ya era la hora de volver a los libros, así que dejamos el tema para otro momento. Durante días, miré con cierto recelo cualquier uniforme azul que asomara por el horizonte.
A finales de primavera solíamos empezar a llevar ropa más provocativa y la perspectiva de los exámenes nos hacía quedarnos en el aula para repasar los exámenes próximos. Héctor ya sabía donde buscarme sin recorrerse los tres niveles de patio del instituto. Apareció a mitad del descanso, con una bolsa de grasas saturadas y aceites animales para sentarse a mi lado.
–¿Qué ha pasado con Iris?
–¡Ah! –dijo con la boca llena de palomitas–. Se intentó suicidar.
–Vaya… Hostia… Que putada… ¿Cuándo? –. La muerte siempre me ha dejado sin palabras decentes.
Se puso en posición cotilleo, ladeado hacia mí, gesticulando con las manos mientras hablaba. Había dejado la bolsa de snacks encima de la mesa y todo su contenido se esparramaba por mis apuntes dejando marcas de aceite sobre la tercera declinación del griego.
–Está en el San Juan de Dios. La semana pasada se metió una caja de paracetamol entera.
Mi carcajada sorprendió a Lucía que sentada delante nuestro intentaba concentrarse en sus apuntes, que inmediatamente se dio la vuelta para unirse al chisme.
–¿En serio?
–Que sí, tía. Dejó una carta de suicidio. Dice que tú eres la culpable. Su madre te quiere denunciar.
Durante un segundo reflexioné sobre lo que me acababa de decir. Ser la responsable de un intento de suicidio no era algo que me apeteciera mucho, por esa época aún era joven e intentaba ser respetable y buena.
La noche de San Juan nos solíamos reunir en torno a una hoguera para librarnos de los malos rollos de los exámenes y poder emborracharnos a gusto. Al día siguiente, con la primera resaca de mi vida, recibí una llamada telefónica.
–Hola, Sibisse –dijo una temblorosa voz femenina al otro lado de la linea–. Soy Iris.
–Sí, dime… ¿Qué quieres?
–Quiero pedirte perdón por lo de Héctor.
–Ah, vale –respondí aún un poco descolocada–. ¿Qué quieres que te diga? Joder, tía, me querías culpar de tu intento de suicidio. Anda, aprende un poco de la vida.
Sí, lo sé, aunque intentara ser buena, mi carácter maligno y diabólico ya estaba saliendo a la luz.
–Lo siento.
No dejé que dijera nada más, le colgué el teléfono antes de pensar que era una buena candidata para ser paciente de mi madre.
Ahora, años después, solemos sentarnos a la sobra de las palmeras para fumarnos nuestros porritos después de las clases universitarias y aún le pregunto a Héctor si la historia del intento de suicidio de Iris era real.

viernes, julio 08, 2005

Monologo

El miedo es una calle llena de confetis de colores. Él se destaca con esa extraña costumbre cuando sus pasos le conducen hacia mi barrio. Deja un reguero de color de camino a la parada de autobús o cerca de la puerta de mi trabajo cuando quiere recordarme que no es una mala pesadilla. Temo encontrarlo de frente al doblar una esquina, incluso no soy capaz de comprar el pan si noto su presencia. Un día empecé a soñar, acurrucada en un rincón del armario, imaginándome a un salvador que nunca llegaría y me sacaba de allí sin mentiras de un cariño que no me iba a dar, sino con una sinceridad que incluso notaría en su forma de andar. Pero siempre llega la hora en que salgo de la jungla de mi mente y me espera ese callejón mugriento al que da la puerta de mi casa. Miro al suelo antes de abrir el portón y las manchas de colores se han convertido en un escudo que me impide pisar el sucio suelo que algunos llaman calle Consuelo. Otras veces me quedo detrás de la puerta esperando algún ruido, hasta que alguno de los vecinos tiene que salir. Y salgo tranquila hablando de la rara lluvia de confetis que cae sobre el barrio últimamente. Y sonrío hipócrita cuando me comentan, que conste que no soy racista, lo tranquilo que está la zona desde que la policía expulsó a los moros del barrio. Y respondo mentirosa que estoy mucho mejor, gracias. Y ayudo servicial a la del tercero a bajar el carro del bebé. Y me despido asustada al llegar a la esquina que separan los caminos. Cada semana hago malabares con los horarios para conseguir llegar a casa antes de que oscurezca, cada mes espero que se canse de mí, cada día temo encontrarme una alfombra de colores y cada noche sueño con el duende que me saque del infierno. Entonces me despierto y me digo que nada es cierto y la realidad no existe. Y a la mañana siguiente una nube de confetis cubiertos de rocío me vuelve a decir que él es real. Y me aterro y miro por el cristal hasta que pasa algún desconocido al que poder seguir. El miedo olvida de mí el instante suficiente para pisarlo y desaparecer. Una vez lo quise por los detalles, lo dejé de querer por las cosas grandes. Dejé de saber quien era yo, convirtiéndome en su triste complemento robótico. Hace tiempo que mi madre se volvió al pueblo, ya no podía quedarse conmigo más tiempo. Poco a poco vuelvo a dormir, las pesadillas desaparecen, las noches en blanco se extinguen, pero siempre está el miedo en mí, esperándome en cualquier esquina con una mancha de colores.
A.
Viernes, 08 de julio de 2005

viernes, junio 24, 2005

Mimo


Regala caramelos a los que le llenan la hucha, aunque a veces son demasiados y alguno se le escapa. Ya la he visto dos veces, creo que se turna con el acordeonista, bastante bueno, por cierto.Me gusta ir por la ciudad y ver cosas distintas. A veces me topo con el Hombre de Hojalata, que hace sonar sus ralladores cuando alguien le da dinero. Hace tiempo que no veo al Sr. Gallina, aunque tengo la ligera sospecha que el Hombre de Hojalata y el Sr. Gallina son el mismo artista. Al Maradona de Oro hace tiempo que no se le ve, aunque era bastante malo.

viernes, mayo 20, 2005

Viejo Poema

Les dejo aqui con la vieja Imzel, la desaparecida, la que se hacía llamar Pandora por el personaje de Anne Rice... la que escribía cada día y se creía que algún día alguien querría publicar sus escritos. Ahora soy distinta, aunque sigo esperando la carta del editor (aunque esta vez ya tienen mi material). Pero, NO, ya no hay poesía, ahora hay prosa, es más divertida!

¡Oh! injusto cupido
¿cuál fue el motivo
de que tus flechas,
tan caprichosas
me tuvieran como destino?

Sé bueno conmigo
tómame bajo tu ala
y acercame al que tú has predicho
que con mi amor ha de ser agraciado.

Mas... yo lo amo
¿Cómo puedo, querido niño,
saber si mi amor es correspondido?
Yo le escribo versos
que él rechaza.
Yo lo miro a los ojos
y él la vista aparta.

Amor injusto, quítame esta flecha,
que, tan mal encaminada, decidió
que su destino era mi culo.

Escrito en Mayo del '99

lunes, diciembre 13, 2004

La guapa Conchita

Blues en blanco y negro
Era como una miserable de Víctor Hugo, vestida con medias de colores, una falda de seda apolillada, un gabán a cuadros rojos y un sombrero de plumas, rodeada permanentemente de gatos con los que compartía su comida a cambio de compañía. Llevaba una tonelada de maquillaje con los mofletes pintados de rosa y los ojos en azul cielo, el pelo recogido con miles de lazos de raso y en su sonrisa lucía algunos vacíos. Paseaba por la ciudad, se bañaba en la fuente del parque desnuda para el disgusto de los padres y la curiosidad de los hijos. Cada día se recorría las Ramblas de arriba abajo asustando a los niños y dándole de comer a las palomas. La llamaba Heidi por el maquillaje, pero sus padres la bautizaron Conchita, en honor a su abuela. Últimamente había perdido peso.
Era maestra de escuela, casada y con hijos. Vivía en la casa de sus padres y por las tardes cuidaba el jardín que había ido creando en el tejado de su casa. Entre geranios y flores de mundo leía todo lo que podía. A su padre lo mataron en la batalla del Ebro durante la Guerra Civil. Envidiaba a los “jóvenes de hoy” por poder decir lo que pensaban sin temor a la censura, el desprecio y la marginación. Ayudaba a pensar a sus alumnos y los alentó a ser mejores, a veces recibía ramos de flores de sus ex alumnos junto a algún ejemplar de novela, una invitación a una inauguración o entradas a conciertos. Se sentía amada y amaba con toda su alma, creía en la vida y en Dios, aunque despreciara la Iglesia. Se sentaba cada tarde en un café y escribía cuentos infantiles que luego les contaba a sus hijos para dormir.
Pero la vida se le truncó una tarde de otoño. Revisión de rutina, Antonio tenía cáncer de pulmón. Tardó dos años en morir. Como abnegada esposa estuvo con él cada día, velando su sueño en aquella sórdida cama de hospital esperando vehementemente que la cirugía funcionara. Cuando falló que funcionara la quimioterapia, más adelante la radioterapia. A veces mejoraba, y podían pasear de la mano por los jardines del hospital, incluso pudieron ir un par de veces a la playa. Pero al final fue inútil. La dejó sola. Y la casa le parecía vacía sin él. Juan y Sara intentaban ayudarla, hacía años que se habían marchado de casa, incluso tenía su primer nieto, hijo de Sara, un lindo muchacho que le recordaba a Antonio. Cada tarde la sacaban de casa, la llevaban a almorzar e intentaban convencerla de que se fuera a vivir con ellos una temporada. Ya no había jardín en la terraza.
Un día primavera, seis meses después de la muerte de Antonio, sonó el teléfono. La llamaban del hospital. Un accidente de tráfico. Sara había muerto. Su yerno estaba grave. Su nieto, en coma. Un camión había perdido el control y los había arrollado. Al niño lo habían encontrado a veinte metros del lugar del accidente. Juan fue a buscarla, la encontró tendida en la cama, llorando amargamente y fue incapaz de sacarla de allí. El dolor era demasiado peso y no la dejaba respirar. Su yerno quedó convertido en un vegetal incapaz de pronunciar una palabra, el niño murió a los pocos días.
Hace algún tiempo la desahuciaron. La echaron de casa de sus padres. Juan se había ido del país buscando un futuro mejor. La guapa Conchita perdió la cabeza. Sus pertenencias estaban en un carro de la compra que pasea por toda la ciudad. Vive de la caridad y se sentaba con cualquiera que quiera oír su historia. La veía pasear cada día pidiendo comida a los transeúntes. Cada semana se acerca al cementerio, y les cuenta a Antonio y a Sara cuentos infantiles. A veces la invitaba a un café y una magdalena en un bar del barrio para que me contara anécdotas de tiempos más felices. En ocasiones traía en su carro cosas que le daban en la puerta de la iglesia para vender, aún conservo una cámara reflex que ella consiguió para mí. Fui a preguntar por ella al albergue donde dormía, hacía meses que no la veía, allí me dijeron que había muerto una noche de repente. Conservo una foto que me regaló de cuando era una joven maestra, la tengo en mi mesilla de noche para que me cuente cuentos mientras duermo.

Acerina Martín Cruz
Santa Cruz de Tenerife, a 23 de octubre de 2004

sábado, octubre 23, 2004

Sombra que siempre me asombras

Otro más. Este es bastante largo, pero espero que les guste. Y aunque no les guste, cualquier post será bien recibido. GRACIAS!!!

Ella entró en la habitación, vestida con el uniforme del hotel dejando el carro de las toallas a la entrada. Su cara mostraba a la perfección el estado del cuarto; superada ya la primera impresión gracias a un sobre con su nombre y veinte euros dentro, cambió las sábanas de la cama, quemadas y sucias, recogió las toallas empapadas del suelo, limpió el baño y rellenó el set de productos de baño. Ahora tocaba lo difícil, empezó doblando la ropa del suelo, chaqueta cruzada, pantalones de vestir, camisa de gemelos, calcetines oscuros y corbata granate, para dejándola sobre el escritorio, olía a sudor limpio, a perfume caro, a maquillaje de mujer, y aunque típico y tópico, había manchas de carmín.
En la mesita de noche, llena de velas casi fundidas, varios envoltorios de preservativos abandonados hacían compañía al teléfono y el mando de la televisión. En la otra, un ramo de flores tropicales perdidas en aquel mundo de frío intenso, una pluma de pavo real robada de los adornos del hotel y un colgante de piedra verde en una cadena de oro. Un pañuelo verde había sido anudado en la cabecera de la cama, no lo tocó.
En la basura estaban vacías todas las botellitas del minibar, una botella de cava y varios paquetes de tabaco arrugados. En la mesa que había frente a la ventana estaba el cenicero lleno de colillas, un mechero, dos copas a medio tomar, una de ellas manchada de pintalabios y una bolsa vacía esmeradamente doblada.
El suelo del baño estaba totalmente empapado, aquí también había velas totalmente derretidas, aceites de masaje y jabón de baño. Todavía olía a agua caliente, a la cera de velas y a la manzana del gel.
Limpió, desinfectó, cambió, no hizo ningún comentario, como bien le habían especificado al firmar el contrato, “te pagamos por limpiar, no por hacer conjeturas”.

Acababa de salir de la reunió más desesperante en mucho tiempo, lo decía su cara; una copa era lo que menos le apetecía en aquel momento, pero allí estaba ella, la había visto en el pasillo varias veces, con una clase especial, siempre vestida de la más rigurosa etiqueta, el pelo oscuro y lacio marcando más sus rasgos achinados. Esa noche llevaba un traje de largo escote que dejaba ver aquello que ella deseaba enseñar con un suave pañuelo de seda pintada anudado al cuello. Bebía una copa de vino tinto y hablaba sarcásticamente con otro de los huéspedes. Se sentó lo suficientemente cerca para tenerla controlada pero no lo bastante para oír la conversación y pidió un vermú. Esperó hasta que su predecesor se rindió, acababa de entrar otra pieza en el bar mucho más asequible, recogió su copa y se acercó ella. La saludó en un perfecto japonés comercial.
Ella levantó su copa, mirándolo a los ojos, y bebió lentamente; con voz suave respondió en el mismo idioma.
–Felicitaciones, sabe japonés. Lamento que se haya equivocado varios miles de kilómetros –dijo dejando la copa sobre la mesa. Y hablando en español añadió–. Soy de Bolivia.
Él sonrió, acercó los labios al vaso y, fuera del ángulo de visión de ella, apretó el puño. Dejó el trago y le tendió la mano, presentándose. Ella, cortés mientras decía su nombre, dejó entrever una sonrisa pícara.
–¿Sonríe? Pensé que sería demasiado dura para eso.
–¿Y usted no es demasiado directo como para conocerme desde hace dos minutos?
Se miraron a los ojos. Ella cruzó las piernas, se apartó un mechón rebelde y esperó a que él respondiera.
Pero él no tenía ninguna frase aguda, sólo su mirada azul. Al fin fue ella quien retomó la conversación.
–Y bueno, ¿qué le trae por aquí, señor Pomare? Placer, supongo.
–Trabajo, por supuesto. Como a usted, ¿verdad?
–Sería incapaz de pasar unas vacaciones en un lugar tan impersonal como este.
Él la invitó a otra copa de vino, ella pagó la siguiente ronda. Hablaban despacio lo indispensable, susurrando, seduciendo a cada palabra, fumando, sin tocar temas tabú de primera cita.
Entonces llegó María, su secretaria, la que lo había acompañado durante todo el congreso, vestida de fiesta, sin la sobriedad que la caracterizaba normalmente. El pelo recogido en una larga trenza de pelo y paño que le caía sobre la espalda, envuelta en un corpiño de ante y una falda del mismo material. Una sonrisa le iluminaba la cara, se acercó a él y lo saludó mucho más efusiva que en los días de trabajo; él se fijó mucho más en ella que los días de trabajo.
Las presentó. Ellas, como buenas rivales, se dieron la mano, sonrieron intentando llevar al señor Pomare a su propio terreno.
–Una velada muy interesante –la describió él algunas semanas más tarde sus amigos–. No lo había pasado tan bien ni en sueños, es divertido que dos mujeres se peleen por ti –añadió.
María conocía bien los trucos del juego y esa era la última noche y última oportunidad de seducirlo. Cenaron juntos, en un romántico restaurante cercano donde ella había hecho ya una reserva. Tomaron unas copas y allí estaba ella, dispuesta a atacar en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.

Ella se desató el pañuelo verde del cuello y lo colgó en la cabecera de la cama. Lo besó suavemente en los labios mientras jugaba distraída con la pluma.
–Para que te acuerdes de mí –dijo en japonés.

Acerina Martín Cruz

Salamanca, Noviembre 2002