Galletas - Pon tu mente al sol
La Casa Azul
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"Oscuridad. Devolvedme la luz que necesito para vivir, me la robaron en una esquina de mi propia habitación cuando todos dormían. Me dejaron vacía y sin sentimientos, sin ganas de creer y la oscuridad ocupando todos los rincones de mi piel. Años tardé en entender lo que pasó y ahora por fin comienzo a superarlo. Pensé, bueno, no importa. Y entonces me desencanté, decidí no creer y hace tiempo que no confío en nada, ni siquiera en mi misma. Creo en ti, señora Oscuridad que llenas los rincones de mi alma y mi vida desde entonces. Quizás no es tan malo, me hace parecer más interesante ante la gente que conozco. Soy una fachada, una mentira, una máscara que a la gente le gusta. Y entonces me emparanoio en no ser yo. Quiero abrirme y dejarme de locuras, que la gente me conozca y gustarles por lo que soy. Eso es muy difícil."
Habían quedado a las seis, claro, justo cuando él salía de trabajar. En la plaza de Toros. Como siempre, había llegado tarde, el reloj de la abuela marcaba las seis y diez. Se había puesto su conjunto preferido, ese que nunca fallaba, la falda marrón y la camisa escotada. Y las botas, por supuesto, estaría desnuda sin sus botas. Pero allí no había nadie. Mejor dicho, nadie se quedaba el tiempo suficiente para verle la cara. Borrones y manchas. En el quiosco de la esquina, compró una botella de agua y esperó. Se dedicó a investigar los desconchones causados por la humedad en las paredes de la plaza. Cuando se dio cuenta, ya se había acabado la botella. “No pasa nada” pensó mientra se alejaba sudando. La botella terminó convertida en un amasijo de plástico en el fondo de la papelera.
Y salió mal, pero podría haber sido distinto.
Desde allí no se veían los desconchones y tampoco había donde comprar tabaco. Sacó un trozo de papel y comprobó la hora. Soltó una espiración mientras guardaba la carta. Sí. En la plaza de Toros a las seis. Y ya eran las seis y cuarto. Entonces la vio, al otro lado de la plaza, bebiéndose el final de una botella de agua.
–¿Eres Elena? –preguntó cuando recuperó el aliento.
–¿Manuel?
–Ahá. Vamos a tomar algo.
–Sí. Conozco un sitio por aquí.
El camarero le dedicó un saludo con la cabeza y una sonrisa en cuanto la vio entrar, que Elena respondió con la mano.
–Yo quiero un vaso de vino –pidió Elena.
–Un Gin Tonic, por favor.
Con las copas delante parecía más fácil comenzar una conversación.
–Me dijiste que estabas divorciado, ¿no?
–Sí, desde hace tres meses.
–Vaya –dijo ella.
Mientras Joaquín Sabina ocupaba el espacio que la charla banal había dejado libre, Elena comenzó a revisar su bolso en busca de tabaco.
–A mi no me queda. Voy a comprar.
Cuando Manuel volvió, ella ya se había fumado la mitad de su cigarro.
–Eres informático ¿no?
–Sí. Hago páginas web.
–Ah, sí.
–¿Y tú?
–Tengo una pequeña tienda de ropa.
–Ah, sí. Es verdad.
Elena estaba jugueteando con el posavasos mientras el silencio se apoderaba de ellos, roto en algún momento por el móvil. Un mensaje. El mensaje de socorro.
–Oye –dijo Elena después de leerlo–. Tengo que irme. Acaban de ingresar a la madre de una amiga.
Y salió mal, pero podría haber sido distinto.
Acababa de apagar el cigarrillo cuando sonó el móvil. Manuel alargó el brazo hacia su vaso esperando a que ella terminara de leer, pero no se dio por aludida.
–¿No lo lees?
–Luego.
Manuel la miró a los ojos, sonriendo, mientras le acariciaba la mano con la punta de los dedos. Y a Elena eso le bastó.
–¿Nos vamos a otra parte?
El periquito ya chillaba en cuanto la puerta se abrió.
–Vamos, pasa.
El salón tenía un balcón, terreno privado del periquito, que daba sobre el parque, un sofá rojo con cojines blancos y algunas plantas.
–Siéntate. Voy a por algo de beber.
–Tienes una casa muy bonita.
–Gracias –dijo desde la cocina–. Me la dejaron mis padres cuando se fueron a vivir al pueblo.
En una mano llevaba una botella de vino blanco y en la otra dos copas.
–Brindemos.
–Por nosotros.
–Por todos nosotros.
Y salió bien, pero podría haber sido distinto.
no es que no pueda quitar la vista de ti, es que ni siquiera puedo mirarte ya, no quiero quedarme con este ultimo recuerdo. una mirada asi no puede ensuciarse con un momento tan agrio. |
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| Por eso además me inventé tu nombre, porque sería mas fácil recordarte. Tantas veces había perdido que no era capaz de creer que te había conseguido, que tu también me querías. |
| Quiero mirarate, memorizarte. Sentirte parte de mis pensamientos. Prefiero tenerte simpre dentro , bajo mi control, como una marioneta. |
| Se me ha ocurrido algo que da cierta tristeza. Ocurre que desde hace tiempo tengo sueños improbables, ya no anhelo cosas imposibles, cosas que se que jamas ocurrirán. En vez de eso, sueño con cosas que serían perfectamente posibles si las cosas fueran distintas, si yo no fuera yo. |
Ayer no estaba, noté su ausencia en la esencia de su almohada al darme la vuelta intentando conciliar un sueño que se resistía. Dormir sin ella. Dormir sin ella es un delirio, noche en blanco y día maldito. Me lo dijo mil veces y yo sigo sin comprenderlo. Al final, se cansó y se largó dejando un vacío enorme en su lado de la cama. Olvidó las promesas: "Para siempre" cada vez dura menos tiempo. Se dejó el cepillo de dientes, lo ví al levantarme, quise tirarlo, pero me arrepentí, lo dejé en su cajón vacío. El pájaro estuvo chillando toda la mañana y las plantas parecían preocupantemente secas cuando salí de casa. Eran sus plantas y su pájaro. Mientras comía, el teléfono no dejaba de sonar y yo no dejé de mirar mi reflejo en el televisor apagado. Debajo del cojín encontré su mechero plateado, lo metí en su antiguo cajón, junto a mi maquinilla de afeitar. Antes de irme a trabajar, metí la jaula del pájaro muerto dentro de una enorme bolsa de basura, junto a los restos de las plantas. Me la encontré de camino, nos saludamos como viejos amigos y nos prometimos un café. Más palabras vacías. En el trabajo alguien pronunció su nombre y no pensé en ella. Al llenar la lavadora encontré su pañuelo verde, lo tiré a la basura sin mirarlo. Me metí en la cama jugeteando con las mantas y sentí su ausencia entre las sábanas. Lloré por última vez ese día.
Regala caramelos a los que le llenan la hucha, aunque a veces son demasiados y alguno se le escapa. Ya la he visto dos veces, creo que se turna con el acordeonista, bastante bueno, por cierto.Me gusta ir por la ciudad y ver cosas distintas. A veces me topo con el Hombre de Hojalata, que hace sonar sus ralladores cuando alguien le da dinero. Hace tiempo que no veo al Sr. Gallina, aunque tengo la ligera sospecha que el Hombre de Hojalata y el Sr. Gallina son el mismo artista. Al Maradona de Oro hace tiempo que no se le ve, aunque era bastante malo.
Otro más. Este es bastante largo, pero espero que les guste. Y aunque no les guste, cualquier post será bien recibido. GRACIAS!!!
Ella entró en la habitación, vestida con el uniforme del hotel dejando el carro de las toallas a la entrada. Su cara mostraba a la perfección el estado del cuarto; superada ya la primera impresión gracias a un sobre con su nombre y veinte euros dentro, cambió las sábanas de la cama, quemadas y sucias, recogió las toallas empapadas del suelo, limpió el baño y rellenó el set de productos de baño. Ahora tocaba lo difícil, empezó doblando la ropa del suelo, chaqueta cruzada, pantalones de vestir, camisa de gemelos, calcetines oscuros y corbata granate, para dejándola sobre el escritorio, olía a sudor limpio, a perfume caro, a maquillaje de mujer, y aunque típico y tópico, había manchas de carmín.
En la mesita de noche, llena de velas casi fundidas, varios envoltorios de preservativos abandonados hacían compañía al teléfono y el mando de la televisión. En la otra, un ramo de flores tropicales perdidas en aquel mundo de frío intenso, una pluma de pavo real robada de los adornos del hotel y un colgante de piedra verde en una cadena de oro. Un pañuelo verde había sido anudado en la cabecera de la cama, no lo tocó.
En la basura estaban vacías todas las botellitas del minibar, una botella de cava y varios paquetes de tabaco arrugados. En la mesa que había frente a la ventana estaba el cenicero lleno de colillas, un mechero, dos copas a medio tomar, una de ellas manchada de pintalabios y una bolsa vacía esmeradamente doblada.
El suelo del baño estaba totalmente empapado, aquí también había velas totalmente derretidas, aceites de masaje y jabón de baño. Todavía olía a agua caliente, a la cera de velas y a la manzana del gel.
Limpió, desinfectó, cambió, no hizo ningún comentario, como bien le habían especificado al firmar el contrato, “te pagamos por limpiar, no por hacer conjeturas”.
Acababa de salir de la reunió más desesperante en mucho tiempo, lo decía su cara; una copa era lo que menos le apetecía en aquel momento, pero allí estaba ella, la había visto en el pasillo varias veces, con una clase especial, siempre vestida de la más rigurosa etiqueta, el pelo oscuro y lacio marcando más sus rasgos achinados. Esa noche llevaba un traje de largo escote que dejaba ver aquello que ella deseaba enseñar con un suave pañuelo de seda pintada anudado al cuello. Bebía una copa de vino tinto y hablaba sarcásticamente con otro de los huéspedes. Se sentó lo suficientemente cerca para tenerla controlada pero no lo bastante para oír la conversación y pidió un vermú. Esperó hasta que su predecesor se rindió, acababa de entrar otra pieza en el bar mucho más asequible, recogió su copa y se acercó ella. La saludó en un perfecto japonés comercial.
Ella levantó su copa, mirándolo a los ojos, y bebió lentamente; con voz suave respondió en el mismo idioma.
–Felicitaciones, sabe japonés. Lamento que se haya equivocado varios miles de kilómetros –dijo dejando la copa sobre la mesa. Y hablando en español añadió–. Soy de Bolivia.
Él sonrió, acercó los labios al vaso y, fuera del ángulo de visión de ella, apretó el puño. Dejó el trago y le tendió la mano, presentándose. Ella, cortés mientras decía su nombre, dejó entrever una sonrisa pícara.
–¿Sonríe? Pensé que sería demasiado dura para eso.
–¿Y usted no es demasiado directo como para conocerme desde hace dos minutos?
Se miraron a los ojos. Ella cruzó las piernas, se apartó un mechón rebelde y esperó a que él respondiera.
Pero él no tenía ninguna frase aguda, sólo su mirada azul. Al fin fue ella quien retomó la conversación.
–Y bueno, ¿qué le trae por aquí, señor Pomare? Placer, supongo.
–Trabajo, por supuesto. Como a usted, ¿verdad?
–Sería incapaz de pasar unas vacaciones en un lugar tan impersonal como este.
Él la invitó a otra copa de vino, ella pagó la siguiente ronda. Hablaban despacio lo indispensable, susurrando, seduciendo a cada palabra, fumando, sin tocar temas tabú de primera cita.
Entonces llegó María, su secretaria, la que lo había acompañado durante todo el congreso, vestida de fiesta, sin la sobriedad que la caracterizaba normalmente. El pelo recogido en una larga trenza de pelo y paño que le caía sobre la espalda, envuelta en un corpiño de ante y una falda del mismo material. Una sonrisa le iluminaba la cara, se acercó a él y lo saludó mucho más efusiva que en los días de trabajo; él se fijó mucho más en ella que los días de trabajo.
Las presentó. Ellas, como buenas rivales, se dieron la mano, sonrieron intentando llevar al señor Pomare a su propio terreno.
–Una velada muy interesante –la describió él algunas semanas más tarde sus amigos–. No lo había pasado tan bien ni en sueños, es divertido que dos mujeres se peleen por ti –añadió.
María conocía bien los trucos del juego y esa era la última noche y última oportunidad de seducirlo. Cenaron juntos, en un romántico restaurante cercano donde ella había hecho ya una reserva. Tomaron unas copas y allí estaba ella, dispuesta a atacar en cuanto tuviera la más mínima oportunidad.
Ella se desató el pañuelo verde del cuello y lo colgó en la cabecera de la cama. Lo besó suavemente en los labios mientras jugaba distraída con la pluma.
–Para que te acuerdes de mí –dijo en japonés.
Acerina Martín Cruz
Salamanca, Noviembre 2002